EPIDEMIAS
Y LITERATURA RUSA
LA
SALTARINA
Edgardo
Malaspina
1
El
relato"La saltarina" (1891) del médico y escritor ruso
Antón Chéjov trata de una epidemia de difteria. Aquí podemos notar
cómo eran tomadas las muestras para realizar los exámenes de
laboratorio: succionando con la boca a través de un tubo. Cuando
estudiaba medicina vi que los encargados de tomar muestras sanguíneas
todavía usaban ese método altamente peligroso que ya pasó de modo,
a Dios gracias. El héroe del cuento de Chejov se enferma y muere,
precisamente por usarlo.
Por
otro lado, y tal vez ese fue el mensaje de Chejov, el relato
demuestra la manía de ciertas personas de andar buscando siempre
algo fuera de lo común, a alguien con rasgos heroicos, un líder
digno de admirar; y resulta y pasa que muchas veces lo tenemos al
lado y no nos damos cuenta por estar mirando hacia los espejismos de
las lejanías. Basta sólo con posar la vista a nuestro alrededor
para entender que hay gente buena muy cerca de nosotros.
2
Recibimos
información de la atmosfera que reinaba ante un enfermo con
difteria y la manera peligrosamente peculiar de eliminar las
membranas diftéricas de la garganta. Leamos algunos párrafos:
“-A
esos, que se meten en la cueva del lobo, en verdad, habría que
llevarlos a juicio, -musitó Korostelióv, sin responder a la
pregunta de Olga Ivánovna. -¿Sabe, por qué se contagió? El
martes, le succionó a un chico, a través de un tubito las
membranas diftéricas. ¿Y para qué? Es tonto… Así, a lo
imbécil…”
Luego
continúa:
“-¿Es
peligroso? ¿Muy? –preguntó Olga Ivánovna.
-Sí,
dicen que es la forma penosa. Habría que mandar por Shrek, en
esencia.
3
Llegó
uno pequeño, pelirrojo, con nariz larga y acento hebreo, después
uno alto, encorvado, desgreñado, parecido a un protodiácono;
después uno joven, muy gordo, de cara roja y con lentes. Eran los
médicos que venían a hacer guardia junto a su colega. Korostelióv,
tras hacer su tiempo de guardia, no se iba a casa, sino se quedaba y,
como una sombra, deambulaba por todas las habitaciones. La sirvienta
servía té a los doctores de guardia, y corría a la farmacia a
menudo, y no había nadie que recogiera las habitaciones. Había
silencio y abatimiento.
-Tiene
difteria en la cavidad nasal, -dijo a media voz. –Ya el corazón no
le funciona bien. En esencia, mal asunto.”
4
Y
al final Chejov describe el cadáver:
“Éste
estaba acostado inmóvil en el diván turco, cubierto hasta la
cintura por la cobija. Su rostro había adelgazado, enflaquecido
terriblemente, y tenía un color grisáceo-amarillento que nunca
suelen tener los vivos; y sólo por la frente, por las cejas negras y
por la sonrisa conocida se podía averiguar que era Dímov”.

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